Despedidas
Sobre tener que decir adiós
Recogemos los restos de Finn. Nos los dan en una bolsa que pone Eternal. Servicios funerarios para mascotas. Me sienta mal que parezca una sátira, el nombre de una empresa funeraria para animales inventado para una película. Eternal. Me enfada el dibujo del infinito, la bolsa corporativa que borra todo el dolor, la palabra mascotas.
Quiero lanzar la bolsa lejos de mí, quiero romperla en pedacitos y tirarla a la basura, quiero borrar esas palabras. Eternal. Infinito. Funeraria.
Dentro, un círculo de arcilla con las huellas de sus patas traseras, un sobre con un poco de pelo suyo. Las cenizas no nos las dan, porque para incinerarlo individualmente hay que pagar una suma de dinero que ahora mismo no tenemos, así que lo incineran con otros animales y ninguna de esas familias puede tener sus restos.
Camino por la calle con la bolsa en la mano, me paro varias veces. Quiero mirar dentro, quiero abrir el sobre y tocar su pelo, pero me da miedo que salga volando, perder lo único que nos queda de él.
Así que lloro. Avanzamos por la calle llorando, las lágrimas cayendo mientras vamos en el metro, subiendo por las escaleras mecánicas, atravesando la ciudad para volver a casa. Lloro por no saber si he sabido cuidarle lo suficiente. Lloro por todos los animales del mundo que no tienen la suerte de vivir una vida sin jaulas, sin torturas, sin dolor. Lloramos durante una semana entera, mientras vemos cómo los otros juegan y le buscan sin encontrarle.
Lloro porque este año he tenido que despedirme de muchas cosas, porque se me ha quedado el corazón hecho un guiñapo, las entrañas revueltas, las ojeras encarnadas, los suspiros atascados en el cuerpo, los vaya mierda de final de año atrapados en la garganta.
Lloro porque compartir tu vida es asumir también que hay que enfrentarse a los finales, sabiendo que lo del medio merece la pena, pero que eso no borra la mancha oscura y viscosa y amarga que se te queda dentro cuando las cosas cambian o se acaban.
Este año muchas cosas han cambiado. He perdido el lenguaje. He perdido las coordenadas que creía que me ubicaban. He perdido la capacidad de explicar, de explicarme. Y sin eso, no hay nada. Espero que las palabras vuelvan en algún momento, pero ahora mismo me encuentro así, a la deriva, una barca con los tablones podridos flotando sin rumbo en un mar bravo.
Pienso en esas historias de rituales de despedida donde una ráfaga de viento hace que las cenizas de tu ser querido salgan volando y se te peguen al pelo. Pienso que a veces también tiene su gracia que la vida al final sea tan banal, que podamos reírnos de los momentos de dolor porque sino se te quedan enganchados al pecho y no se te van. No salen por mucho que frotes. Así que tengo la tentación de coger los restos de todas las despedidas de estos meses y lanzarlas al aire, tirármelas encima a ver si así se me quita un poco la cara de acelga que se me ha puesto este año. Los ojos como de no estar ni aquí, ni allí, ni en ningún lado.
Sé que mucha gente no entenderá nuestra tristeza por perder a un animal que el mundo considera tan insignificante. Y también sé que me da igual, porque si perdemos la capacidad de empatizar, de querer a los otros, por muy insignificantes que le parezcan al mundo, lo perdemos todo.



❤️🩹 que no nos falte nunca la empatía, amiga 🫶🏽
Comparto tu dolor...
Te envío un gran abrazo😘